Ciclo de vida de desarrollo seguro (SSDLC): qué es y cómo se implanta
Qué es el ciclo de vida de desarrollo seguro, qué se hace en cada fase, qué aportan SAST, DAST y SCA, y por dónde empezar si hoy no tenéis nada montado.
Hacerse pasar por otro para conseguir algo es un fraude viejo con herramientas nuevas. Le pasa a la persona a la que le usan el DNI y le pasa a la empresa que paga una factura a un proveedor que no era su proveedor. Los dos casos se buscan con las mismas palabras y no se resuelven igual, así que esta guía separa lo que hay que hacer en cada uno: qué es exactamente, en qué se diferencia de la usurpación, cómo llega hoy a una empresa y qué se hace cuando ya ha pasado.
La suplantación de identidad consiste en hacerse pasar por otra persona o por una organización para obtener un beneficio o causar un daño. No hace falta robar un documento: basta con reunir datos suficientes para que quien esté al otro lado se crea que habla contigo.
Esos datos casi nunca se roban de golpe. Se juntan: un correo profesional que está publicado, un organigrama que se deduce de LinkedIn, un teléfono que aparece en una firma, una contraseña que se filtró en otro sitio hace años. Eso es ingeniería social, y su materia prima es información que casi siempre es pública o que ya está fuera sin que nadie se haya enterado.
Hay dos víctimas distintas y conviene no mezclarlas:
El resto de esta guía trata las dos, pero se detiene en la segunda, que es la que casi nadie explica y la que más dinero mueve por operación.
Es la duda más repetida y casi nadie la contesta, así que va primero.
En el uso corriente las dos palabras se emplean como sinónimos, y en la mayoría de las conversaciones lo son. Cuando se distinguen, se distinguen así:
La diferencia práctica que sí importa, y que se nota al denunciar, es esa: un correo aislado y alguien viviendo bajo tu nombre no se investigan igual ni dejan el mismo rastro.
Lo que esta página no va a hacer es calificar jurídicamente tu caso. Cómo se tipifica depende de qué se hizo, con qué documento y con qué intención, y eso lo determina un abogado con los hechos delante. Aquí interesa lo otro: cómo se comete técnicamente, cómo se detecta y cómo se pone difícil.
Es la forma de suplantación que más dinero mueve en empresa y la que menos se parece a lo que la gente imagina. No hay virus ni pantalla en rojo: hay un correo correcto, escrito en tu idioma, que llega en un momento verosímil.
El fraude del CEO es la versión conocida: alguien escribe como el director general a quien puede ordenar un pago, normalmente con prisa, confidencialidad y una operación que justifica saltarse el circuito habitual.
El business email compromise es la familia entera, y sus variantes son peores porque son más creíbles:
El vector de entrada suele ser spear phishing: no un correo masivo, sino uno escrito para una persona concreta. Sus primos por otros canales son el smishing por SMS y el vishing por teléfono, que es exactamente la estafa telefónica de siempre con mejores guiones.
El control que corta esto no es técnico, es de proceso: ningún cambio de datos bancarios se acepta por el mismo canal por el que llegó. Se verifica por teléfono, con un número que ya tenías, no con el de la firma del correo.
Aquí la víctima que paga no es la empresa, son sus clientes, y el daño lo cobra la marca igualmente.
Las formas habituales son un dominio parecido al tuyo con una letra cambiada o una extensión distinta, un perfil falso en redes que atiende a tus clientes, o correos que salen a tu nombre desde servidores que no son los tuyos.
Esto último tiene una defensa concreta y medible que muchas empresas todavía no tienen bien puesta: los registros que autorizan quién puede enviar correo en nombre de tu dominio, con DMARC por encima diciéndole al mundo qué hacer con lo que no cuadre. Publicarlo sin llegar a una política de rechazo es dejar la puerta entornada, y es el estado en el que está la mayoría.
Lo otro que hace falta es mirar: dominios registrados que se parecen al tuyo, perfiles abiertos con tu nombre y menciones de tu marca donde se venden accesos. Eso es vigilancia digital, y sirve para enterarte antes de que te lo cuente un cliente enfadado.
Clonar una voz reconocible a partir de material público es hoy una tarea de consumo, no de laboratorio. Y eso rompe el control informal en el que se apoyaba media empresa: llamar para confirmar.
Un deepfake de voz se usa donde más efecto tiene: una llamada corta, con ruido de fondo, urgencia y una petición que ya estaba medio esperada. Y en videollamada, con la calidad justa para que los defectos parezcan de la conexión.
La conclusión práctica no es desconfiar de todo el mundo, que no es operable. Es esta: reconocer una voz o una cara ha dejado de ser una verificación. Lo que verifica es un canal distinto y un dato que el atacante no puede tener, no que suene a quien dice ser. Conviene decirlo en voz alta dentro de la empresa, porque quien aprueba pagos sigue creyendo que reconocer al jefe es suficiente.
Buena parte de las suplantaciones no empiezan con un engaño, empiezan con una contraseña que ya circula.
Y de ahí sale la señal más útil que se puede vigilar: que una credencial de tu dominio aparezca a la venta. Cuando eso pasa, no hay nada que "detectar" después, porque el atacante entra por la puerta.
Por orden, y las dos primeras cosas antes de nada:
Para una empresa hay un paso más que se olvida: avisar a quien pueda recibir el siguiente correo. Si suplantan a tu director financiero, quien va a recibir la petición son tus proveedores y tus clientes.
Todo lo anterior se puede tener escrito en una política y no funcionar. La diferencia entre creer que tu equipo detectaría un fraude del CEO y saberlo es haberlo intentado.
Si quieres ver antes el orden general de prioridades, la guía de ciberseguridad para empresas lo pone en secuencia, y en contacto se puede plantear un caso concreto.
Si algo de aquí se parece a un problema que llevas encima, media hora de llamada para acotarlo con un pentester vale más que leer otro artículo.
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